El Salvador: La tregua entre las pandillas y la negociación del gobierno: Lo bueno, lo malo y lo feo – I / César Rivera

Desde cuando se llevan registros más o menos confiables (década del 90) nunca había ocurrido una baja tan drástica del delito de homicidios. Estamos hablando que en el año 2012 ocurrieron 1,785 menos respecto al año 2011 (es decir, una reducción equivalente al 41.1%). Para dimensionar adecuadamente este hecho sociológico vale la pena analizar las estadísticas de la última década, especialmente en aquellos años en los cuales se registraron disminuciones en este tipo de delito. Entre los años 2000 y 2001 se contabilizó una reducción de 131 homicidios (lo que equivalió al 5.5%). Entre los años 2001 y 2002 se vuelve a registrar una reducción. Esta vez de 192 homicidios lo que equivalió al 8.6%. Conviene subrayar que esta ha sido la única vez que se redujeron los homicidios por dos años seguidos. En el año 2006 ocurrieron 3,928 homicidios y en el año 2007 hubo 3,497. Entre esos años, por tanto, se registró una baja del 10.9%. La última reducción de homicidios se registró entre los años 2009 y 2010. Así, en el primero de estos años hubo 4,382 asesinatos mientras que en el segundo se contabilizaron 3,985. En términos porcentuales estamos hablando de una reducción del 9%.

Nunca ha habido, por tanto, una reducción de los homicidios mayor al 10%. Es por ello que una reducción un poco mayor al 40%, como la registrada en el año 2012, es un hecho inédito. Más aún, desde la perspectiva de política interna, este hecho puede ser el hito más significativo de todo el año pasado. Dado a que esta reducción se atribuye directamente a la tregua entre las pandillas (inclusive así lo manifiestan los más altos representantes del sector de seguridad pública) vale la pena analizar más en detalle lo que parece estar detrás. En principio, yo creo que la tregua de las pandillas tiene demasiadas luces como para no verlas solo porque sí y demasiadas sombras como para ignorarlas solo porque no se quieren ver. La más obvia de las luces es, como ya lo planteamos, la reducción drástica de los homicidios (de 12 o 13 homicidios diarios con tendencia muy lenta hacia la baja hasta los 5 homicidios diarios con fluctuaciones ascendentes y descendentes). Esta es la más obvia, pero no la única. Tengo la impresión que hay otros aspectos de similar importancia y que no están recibiendo la atención adecuada.

Pero siempre donde hay “luces” también hay “sombras” y, para el caso, la tregua de las pandillas también tiene sus bemoles. La actuación del gobierno en la negociación ha sido un poco más que titubeante, en varios momentos ha parecido demasiado esquizofrénica y, al menos en su lógica comunicativa, se ha comportado con una dosis de cinismo que resulta difícil digerir. Pero esta no es la única de las “sombras”. En este sentido, creo que hay otros aspectos potencialmente más nocivos y respecto de los cuales la poca claridad comunicativa y la actuación vacilante del gobierno se convierten, al menos desde mi punto de vista, en un asunto menor.

La tregua de las pandillas no es ni buena ni mala. O mejor, puede ser beneficiosa para el país si se aprovecha esta oportunidad y puede convertirse en un desastre si no se le toma en serio. El objetivo de esta serie de tres artículos es analizar la tregua de las pandillas a partir del examen de los aspectos menos obvios. A mi juicio, en la reflexión de los aspectos menos obvios se encuentran algunas claves que podrían ubicar esta nueva realidad social, criminológica y política en un escenario diferente.

En el desarrollo de estos artículos he tratado de evitar la descalificación rápida de la tregua (que es lo que normalmente se hace en función de gustos personales, posicionamientos ideológicos u opciones político partidarias) o la aceptación incondicionada de la misma (siempre por las mismas razones, pero en el sentido contrario). De lo que se trata, finalmente, es de construir un análisis más prudente, más equilibrado, a manera de estimular una discusión más sería.

I. Lo bueno
Como hechos insólitos para nuestra realidad cotidiana, a partir de la tregua de las pandillas ha habido varios días en los que no se registra ningún asesinato. La disminución de los homicidios se ubica en el 41% menos respecto al año 2011 (es decir, 1,785 menos). Según los datos de la Policía Nacional Civil (que son del conocimiento público) durante el año 2011 se produjeron 4,336 homicidios, mientras que el año pasado se registraron 2,551. Apartándonos de la lógica numérica o estadística, lo cierto es que durante el año pasado hubo cerca de dos mil familias a las que nos les tocó llorar a un familiar asesinado. Tendremos un número proporcional de hijos, esposas o madres cuyo luto, por un pariente asesinado, no entró en su hogar. A mí me parece que lo anterior es un hecho que debiera apreciarse de mejor forma. No digo que debiera celebrarse o que el país debiera de organizar fiestas. Lo que digo es que este hecho sociológico puede apreciarse mejor en la medida que cada quien hace el esfuerzo de desprenderse de los velos (personales, políticos o ideológicos) que no le permiten construir una visión más diáfana de la realidad.

Otro aspecto positivo de la tregua entre las pandillas se relaciona con la propia estabilidad que ésta ha adquirido. Luego de diez meses de iniciada, el promedio de homicidios diarios es de 5 o 6. Es obvio que a veces ese promedio se altera (o porque no ocurre ninguno o muy pocos, o porque se dispara más arriba del promedio), pero rápidamente vuelve a su patrón de normalidad. Hay varios motivos que pueden explicar esta “estabilización”. Me quedo con dos. El primero de ellos se relaciona con una especie de “autonomía funcional” (concepto tomado a préstamo de la sociología y la psicología) de la tregua y esto significa que, al parecer, la tregua ha adquirido dinamismo, energía y motivaciones propias o, mejor aún, independientes de las circunstancias que le dieron origen. Aunque la tregua es cuestionable en su génesis, en las causas que la originaron, en las potenciales motivaciones de quienes la impulsaron, etc., lo cierto es que esas “causas originales” (si acaso se descubren) pueden estar perdiendo espacio y peso propio. A estas alturas del partido, creo que tienen más capacidad explicativa las motivaciones y las circunstancias actuales de aquellas que la precedieron.

El otro motivo es más básico. El liderazgo de las pandillas (al menos el que está recluido en los centros penales) está mejor que antes. Quizá el asunto clave no es centrarse en lo que han logrado (en términos de beneficios penitenciarios) sino en dimensionar lo que dicho liderazgo ya entendió, es decir, lo que pueden lograr si se mantiene la tregua. Siempre existe la posibilidad de equivocarse, sin embargo, creo que en este matiz se encuentra el elemento motivador más sustantivo y creo, además, que a partir del entendimiento de este matiz puede hilvanarse la capacidad predictiva y premonitoria de lo que puede (o se espera) lograr en el futuro.

Los dos aspectos positivos señalados anteriormente son los más obvios, pero hay más. A mi modo de ver, a partir de la interlocución que se ha abierto con los pandilleros que están encarcelados (entrevistas, publicaciones, discusiones, etc.), es posible actualizar, confirmar o matizar el conocimiento que la sociedad tiene de esta asociación criminal. “Conocer es resolver” dijo alguna vez José Martí. En términos de conocimiento, logro identificar dos avances importantes. Estos son:

Primero, la preponderancia de la “base social” de las pandillas. Creo que ahora se está en mejores posibilidades para entender este factor con mayor nitidez. La preocupación principal de los pandilleros (al menos para los que están encarcelados, o para los que ya están viejos, o para los que son progenitores) son sus cónyuges, hijos y demás familia. Más en específico su preocupación principal es cumplir con su rol de proveedores. Como lo escribí en otro momento y en otro espacio, una parte importante (aún no cuantificada, pero en principio cuantificable) del ingreso financiero que los pandilleros requieren (y que lo obtienen, fundamentalmente, de actividades delictivas) va destinado a mantener su “base social”. Planteado en términos extremos, para los pandilleros -al igual como para cualquier persona- es un asunto crítico la provisión de ingresos a sus cónyuges e hijos. Qué puede hacer el Estado (entiendo con este concepto no solo el Gobierno) con los hijos de los pandilleros que aún no son pandilleros? Puede el Estado crear una interfaz entre “ingresos” y “base social”? Estos planteamientos no tienen soluciones acabadas. Hay que construirlas. Pero, en cualquier caso, lo importante es que partir de la tregua estos planteamientos, a partir de entender la racionalidad que les subyace, deberían cobrar vigencia.

Segundo. Siempre en el plano del conocimiento, el actual nivel de interlocución que se tiene con los líderes pandilleros confirma la tesis que las pandillas ya no pueden ser consideradas -de forma exclusiva- como un fenómeno de asociación juvenil. Su propia dinámica evolutiva les ha ido transformando, progresivamente, hasta convertirse en una modalidad moderna de crimen organizado. Esto supone que el Estado debe ajustar su entendimiento, su carpintería jurídica, sus propuestas de solución, etc., a partir de una comprensión diferenciada del fenómeno de las pandillas en donde, a un lado del espectro, se ubica un nutrido grupo de niños y jóvenes que no encuentran otra forma de socializar (y en muchos casos sobrevivir) que no sea el ingreso a la pandilla. Este grupo tiene nula o escasa vinculación con el otro lado de ese espectro, es decir, el grupo de pandilleros que son capaces de frenar los homicidios y reducirlos a casi la mitad solo por el simple hecho que así lo han determinado. Para todo efecto práctico, estamos hablando de un grupo lo suficientemente organizado para frenar los homicidios (ellos han hecho lo que varios gobiernos, en los últimos veinte años, no han podido). Si este poder factico y de organización no es suficiente prueba para considerarla como una versión moderna de “crimen organizado”, entonces, qué es lo que se debe entender como crimen organizado? A mí juicio el asunto es bastante claro a condición de que se capten las diferenciaciones y las evoluciones internas. En este sentido, desde el punto de vista del conocimiento, estamos hablando de un fenómeno aún más amorfo y polifacético de lo que se suponía, en el que conviven varios grupos y cuyas fronteras entre uno y otro son tan heterogéneas como grises.

Creo que la tregua, por el lado de los efectos que produce, también nos deja otro tipo de aspectos positivos. Uno de ellos tiene que ver con la opción de entender mejor el trabajo, y más concretamente la eficacia del sistema de justicia, y más específicamente de la Fiscalía General de la República. Para todo efecto práctico, esta instancia concluyó el año pasado con cerca de 2,000 homicidios menos que investigar. Puede advertirse –y con razón- que las dificultades de esta institución son bastante complejas y que no pueden reducirse, de manera exclusiva, en la excesiva carga laboral de los fiscales. Esto es cierto. Sin embargo, tampoco se debe ignorar que ahora debieran ser más efectivos en sus investigaciones. No puedo imaginar a ningún operador, funcionario, empleado, maestro, etc., cuya carga laboral se reduce a la mitad sin que se le exija mayor calidad en lo que hace. Es en este tipo de análisis dónde se hace más evidente que el funcionamiento adecuado de esta instancia exige parámetros más exigentes y de otra calidad a los que se ventilan públicamente. Se insiste, este análisis de los efectos positivos de la tregua, aunque planteado para la instancia fiscal, también alcanza a los demás operadores del sistema. Bien visto, la tregua ha servido para desnudar las realidades institucionales.

El último efecto colateral de la tregua, de signo positivo, tiene que ver con que la misma no está siendo objeto de ataques desde las estructuras político-partidarias. Esta circunstancia puede generar el oxígeno necesario para construir algo mucho más articulado. Creo que los partidos mayoritarios coinciden en no desprestigiar la tregua por conveniencia política, aunque lo hacen por racionalidades diferentes. En el caso del partido oficial el verdadero problema que tiene es cómo convertir el “logro del gobierno” en el “logro del partido”. Es decir, al FMLN le pesa el hecho que los funcionarios que estuvieron en los primeros años de este gobierno a cargo del tema de la seguridad (y que tienen vinculaciones orgánicas con el FMLN) fueron tan honestos (por lo menos así hay que considerarlos hasta que se demuestre lo contrario) como mediocres (esto último no necesita demostraciones ulteriores, es suficiente con ver los resultados). Ya sea que dé con la tecla adecuada o no, es muy difícil que el FMLN desprestigie la tregua. Sus problemas con respecto a la tregua son de otro tipo.

También por el lado de ARENA la tregua tiene otro tanque de oxígeno asegurado. El principal partido opositor no desprestigia la tregua por razones de cálculo político y, en este sentido, se pueden dibujar al menos dos razones principales. Una más importante que la otra. La razón menos importante es porque, en caso que ARENA atacara la tregua, cualquiera le puede imputar que durante sus administraciones también propiciaron negociaciones con las pandillas (con métodos y formas indecibles como la actual). La única diferencia es que ésta ha funcionado y las otras no. La segunda razón, y además la más importante, es que de cara a la posibilidad que ganen el poder ejecutivo en el 2014, es improbable que la rechacen o la deshagan. Muy difícilmente ARENA va a estar dispuesta a lidiar con un promedio diario de homicidios de 13 ó 14, en vez de 5 ó 6. Así de simple.

Debo admitir que a mí no me gustaba la tregua y sigo teniendo importantes reparos sobre la misma. Pero en el momento en el que escribo, no termino de pensar en el montón de familias que no han debido llorar a sus familiares. Como lo escribí en otro lugar, lo que planteo tiene que ver con una dosis de “realismo político” (que también es social y criminológico) en el sentido de construir una opción socialmente consensuada respecto a la tregua, que parta de entendimientos totalmente diferentes (con propósitos, formas y sustancias que sean más sanas, más abiertas, más transparentes), que no lesione el genuino sentido de moralidad de la sociedad salvadoreña, que no riña con nuestra estructuras y procedimientos jurídicos, que se adapten a la organicidad del Estado y que se integren con coherencia a las políticas de prevención y reinserción social.

No estoy completamente cierto que exista la opción, pero en caso sea probable, creo que es necesario revisar los aspectos negativos de la tregua y todas sus sombras. Esto es lo que me propongo analizar en el próximo artículo.

 

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