Honduras: Percepción de la violencia / Dagoberto Espinoza Murra

El doctor Américo Reyes Ticas es un profesional que, además de manejar con mucho acierto las diferentes facetas de la psiquiatría biológica, mantiene un vivo interés por los problemas sociales como condicionantes de muchas alteraciones de la salud mental.

En su condición de coordinador del postgrado de Psiquiatría ha realizado con sus discípulos, muchas investigaciones en lo que se conoce como trastornos del afecto (especialmente las depresiones), el suicidio y la violencia. Sobre este último tema publicó el año pasado un excelente trabajo que ha servido en las discusiones con estudiantes de Medicina. El artículo apareció en la sección “Ventana para la Salud” de La Tribuna Dominical del 8 de julio de 2012.En la parte introductoria leemos: “La violencia ha sido reconocida como un obstáculo para el desarrollo de las naciones y un problema de salud pública en América. Este flagelo produce serias alteraciones en las condiciones de vida de las personas porque atenta contra su integridad física y supervivencia, al mismo tiempo que menoscaba la calidad de vida y erosiona las redes básicas de interacción social que sustentan el desarrollo de una comunidad”.

La investigación que comentamos se llevó a cabo en tres comunidades: Tegucigalpa, Valle de Ángeles y Comayagua. La población estudiada era del área urbana y el sexo femenino constituyó el 53%. El 92% de los encuestados se sentían inseguros al transitar por calles mal iluminadas y caminar por callejones. “Nos llamó la atención -continúa el estudio- que el 80% de la población investigada consideró el transporte un medio inseguro. En Tegucigalpa solamente el 7% lo considera “seguro”, contrastando con 26% en Comayagua y 40% en Valle de Ángeles. Solamente el 70% de los encuestados dicen sentirse seguros en sus casas”.

En plática sostenida con el autor de la investigación arriba mencionada, le refería mi total coincidencia en lo referente a los cambios en los patrones de conducta de la población hondureña y le di un ejemplo personal: Cuando construimos nuestra casa (hace aproximadamente cuarenta años), la ciudad era relativamente tranquila, el tránsito no estaba tan congestionado y en los periódicos aparecían, esporádicamente, noticias de hechos delictivos. Los profesionales que diseñaron y construyeron la vivienda apenas dejaron un muro de un metro de altura en el perímetro de la propiedad. Años después mi esposa sugirió aumentar un metro a la altura del muro y colocar una verja metálica. Pero en la última década esa prevención resultó ser insuficiente y toda la familia opinó que el muro debía ser más elevado y colocar serpentina en su parte superior. Vivimos, le dije con mucho pesar al colega, como encarcelados en nuestra propia casa y lo peor del caso es que ya nos hemos acostumbrado al enclaustramiento.

“La violencia, nos decía otro médico, es tan antigua como la humanidad misma, pues basta recordar cómo Caín mató a su hermano Abel. La crucifixión de Cristo, señala, es también un ejemplo de la más brutal violencia. Hay -prosigue- muchas formas de violencia, pero un cadáver es la expresión más cruel de una conducta delictiva”.

Siempre ha habido en las más diversas sociedades -a lo largo de los siglos- algo así como una cultura de la violencia y las guerras -locura colectiva- es su expresión más deshumanizada. A la cultura de la muerte solo la puede derrotar la cultura de la paz, mediante la equidad social y el respeto a las leyes. La violencia se acompaña de agresividad, rudeza, bestialidad, fuerza desproporcionada, furia, intimidación y, salvajismo. La paz, valga decir la armonía social, por el contrario, se construye sobre bases de comprensión, comedimiento, tolerancia, respeto, moderación y, en el lenguaje de sus defensores, se percibe suavidad, mesura, cordialidad y hasta ternura.

Honduras, después de los desafortunados sucesos del 28 de junio de 2009, vive momentos muy difíciles y solo con el concurso de sus mejores talentos, imbuidos del más alto patriotismo, podremos superar esta etapa histórica tan preocupante. De ahí nuestra coincidencia con algunos planteamientos del secretario de Educación, cuando nos habla de la necesidad de volver a la celebración de los “sábados cívicos”. En estos actos los maestros, los niños y padres de familia fortalecerán los valores cívicos y morales. Se hablará de nuestra historia, de nuestros próceres y se enaltecerán los símbolos patrios. También se promoverá el huerto escolar, donde los alumnos aprenderán el cultivo de hortalizas y frutales para contribuir a una dieta más sana en sus hogares.

Fortalecer la educación, en sus diferentes niveles, es el camino más efectivo para frenar la violencia. ¡Hagámoslo!

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